Los mosaicos eran obras de arte decorativas compuestas de teselas, pequeñas piedras, terracota o vidrios de colores. Los mosaicos romanos se basan en tapices y pinturas, pero tiene sobre estos las gran ventaja de que son mucho más duraderos. Se realizaban casi siempre sobre grandes superficies planas como paredes, techos o suelos, aunque se podían adaptar también a pequeños formatos.